Por Antonio
Hay una parte de la política en España que parece haberse instalado cómodamente en la bronca permanente. No en el debate, no en la propuesta, sino en la confrontación constante como método. Y en ese escenario, la derecha tradicional y la ultraderecha han encontrado un terreno fértil para un discurso que, más que construir, busca desgastar.
Resulta preocupante ver cómo algunos sectores vinculados a la derecha política convierten cualquier visita institucional, cualquier decisión del Gobierno o cualquier acto público en una excusa para la confrontación. En lugar de asumir con normalidad democrática la presencia del presidente del Gobierno en cualquier punto del país —incluidas las Islas Canarias—, se alimentan relatos de exclusión, deslegitimación o confrontación innecesaria.
Más grave aún es cuando ese discurso se radicaliza desde posiciones de ultraderecha, donde el debate político se sustituye por el ruido, la provocación y la simplificación extrema de problemas complejos. En lugar de aportar soluciones a cuestiones tan serias como la vivienda, la migración o la desigualdad territorial en Canarias, se opta por el eslogan fácil y la tensión constante.
Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí: familias que no encuentran vivienda, jóvenes que emigran por falta de oportunidades, servicios públicos tensionados por la presión demográfica y turística. Ninguno de esos retos se resuelve con pancartas agresivas ni con discursos que buscan dividir a la sociedad en bandos irreconciliables.
La democracia española es lo suficientemente sólida como para soportar la crítica, incluso la más dura. Pero también debería ser lo suficientemente madura como para exigir responsabilidad a quienes la ejercen. Criticar es legítimo; desinformar o alimentar el enfrentamiento permanente, no ayuda a nadie.
Canarias merece algo mejor que ser un escenario de batalla política permanente. Merece ser un espacio de acuerdos, de respeto institucional y de trabajo conjunto. Y quizá el primer paso para lograrlo sea recordar que la política no es un campo de guerra, sino una herramienta para mejorar la vida de la gente.
