La regularización de inmigrantes vuelve a encender el debate político en España. No es la primera vez, ni será la última. Sin embargo, cada vez que se plantea esta medida, el ruido ideológico parece imponerse sobre la reflexión serena.
Mientras algunos sectores de la ultraderecha reaccionan con discursos alarmistas, la realidad es bastante más compleja. La mayoría de las personas que se verían beneficiadas por una regularización no acaban de llegar, sino que llevan años viviendo en nuestro país. Trabajan, pagan alquiler, consumen y, en muchos casos, ya forman parte de nuestras comunidades.
Regularizar no significa abrir las puertas sin control. Significa reconocer una situación que ya existe. Personas que trabajan en la economía sumergida pasarían a cotizar, a contribuir de forma legal y a tener derechos, pero también obligaciones. Es, en esencia, una medida que beneficia tanto a los propios inmigrantes como al conjunto de la sociedad.
El argumento de que estas decisiones provocan un “efecto llamada” se repite con frecuencia, pero no siempre se sustenta con datos sólidos. Las migraciones responden, sobre todo, a factores económicos, conflictos, desigualdades y oportunidades laborales. Simplificar este fenómeno a una decisión administrativa es ignorar una realidad mucho más amplia.
Además, España necesita mano de obra en determinados sectores. Agricultura, hostelería, cuidados o construcción dependen, en muchos casos, de trabajadores extranjeros que ya están desempeñando funciones clave. Regularizar su situación no es solo una cuestión humanitaria, también es una cuestión de sentido común.
Esto no significa que no existan desafíos. La inmigración debe gestionarse con planificación, recursos y políticas de integración. Pero alimentar el miedo y la confrontación no ayuda a resolverlos. Al contrario, solo contribuye a polarizar aún más a la sociedad.
España ha sido históricamente un país de emigrantes. Miles de españoles buscaron oportunidades fuera cuando aquí no las había. Conviene no olvidarlo cuando hablamos de quienes hoy llegan buscando una vida mejor.
La regularización de inmigrantes no es una solución mágica, pero tampoco es el desastre que algunos intentan dibujar. Es, simplemente, una decisión política que debe analizarse con responsabilidad, datos y humanidad.
Porque, al final, detrás de cada cifra hay personas. Y gobernar también significa pensar en ellas.

