En las dos últimas semanas he publicado en este mismo medio dos artículos, a raíz de la “guerra híbrida” de Ceuta, analizando el envalentonamiento de Marruecos ante el nuevo mapa geoestratégico de la zona y cómo ese país juega con las cartas marcadas – haciendo trampas- en sus relaciones con Europa y con España. Obviamente, siempre con la realidad de Canarias en un primer plano. Hoy pretendo cerrar esta trilogía de textos con una reflexión acerca de llo que entiendo como una pinza perfectamente diseñada por EEUU e Israel, con Marruecos como cómplice necesario, para debilitar al Viejo Continente.
Hay decisiones que, vistas por separado, parecen episodios sueltos de la política internacional. Un arancel aquí, una declaración sobre Groenlandia allá, un guiño a un partido de extrema derecha en otro lado. Pero cuando se observan en conjunto, durante un periodo sostenido y con una dirección constante, dejan de ser ruido y empiezan a dibujar un patrón. Esa es la lectura que cada vez más analistas y observadores del Mediterráneo occidental hacen del actual momento geopolítico: una convergencia de intereses entre la Administración Trump y el Gobierno de Netanyahu que produce unos efectos muy concretos sobre Europa: la debilitan, la fragmentan y la hacen más dependiente.
Estamos ante una acumulación de hechos verificables que, sumados, configuran una tendencia difícil de ignorar. En algunos momentos con indicios claros de una guerra de “zona gris” de peligrosas consecuencias. Y eso merece ser analizado con rigor desde una región como la nuestra, situada en la frontera sur de Europa y, por tanto, en primera línea de sus consecuencias.
El primer instrumento de acoso es económico. La presión económica como palanca para generar desestabilización. Los aranceles impuestos por Washington desde 2025, y el acuerdo posterior que dejó a la UE aceptando condiciones asimétricas en sectores clave, obligan todo el tiempo a Bruselas a negociar desde la debilidad y premian los acuerdos bilaterales al margen del bloque comunitario. Una Europa dividida comercialmente es una Europa más fácil de empobrecer y de influir políticamente. Aunque se ha llegado a un acuerdo en julio, siguen sin cerrarse los del acero y el aluminio, con la amenaza constante de Trump de aplicar medidas adicionales.
Las reiteradas declaraciones de Trump sobre su intención de controlar Groenlandia, sin descartar presiones económicas o militares, son un test de hasta qué punto la UE y la OTAN reaccionan unidas cuando la integridad territorial de un miembro -Dinamarca- es cuestionada por su principal aliado. La respuesta ha sido tibia. Y esa tibieza es, en sí misma, un mensaje preocupante. La anexión de este territorio con fines militares, obtención de tierras raras y petróleo y de control del Ártico sigue estando sobre el tablero. En el mes de julio, en la cumbre de la OTAn en Ankara, el presidente estadounidense volvió a afirmar que Groenlandia debería estar bajo control estadounidense. En agosto, una compañía petrolera vinculada al entorno de Trump intento iniciar perforaciones sin autorización alguna.
La política hacia Rusia sigue el mismo guion. Los frenos puntuales a la ayuda militar a Ucrania, los contactos bilaterales Washington-Moscú sin presencia europea, y la presión sobre Kiev para aceptar condiciones territoriales, envían un mensaje claro: Europa ya no puede dar por garantizada la protección estadounidense ni es necesaria para resolver conflictos que les afectan de manera muy directa. Eso la obliga a rearmarse de forma acelerada y desordenada y erosiona la cohesión de una Unión que no comparte el mismo grado de exposición a la amenaza rusa. Deliberadamente ha roto la estrategia común, pasando de una lógica de alianza a una lógica más transaccional.
Curiosamente, la sustitución del gas ruso tras la invasión de Ucrania ha reconfigurado el mapa energético europeo y ha reforzado el peso de Estados Unidos como proveedor de gas natural licuado, generando una mayor dependencia de este país. La verdadera autonomía europea exige acelerar las renovables, el almacenamiento y la electrificación.
Especialmente inquietante es el patrón de acercamiento norteamericano a la extrema derecha europea. El discurso del Vicepresidente de EEUU J.D. Vance en Múnich (febrero de 2025), criticando a los gobiernos europeos por el cordón sanitario frente a Alternativa para Alemania, fue una declaración de intenciones. A ello se suman gestos de apoyo explícito a esa formación por el Gobierno estadounidense y una relación cordial con lideres de la extrema derecha que contrasta con el trato a otros gobiernos. Apoyan sin ambages a las fuerzas políticas que defienden más soberanía nacional y menos integración europea y prefieren tratar con gobiernos nacionales y movimientos políticos afines que con la UE. El objetivo es el mismo que el de los aranceles: fragmentar el consenso europeo desde dentro. Rubio, Secretario de Estado norteamericano, ha planteado construir un “nuevo siglo occidental” presentando a EEUU y Europa como parte de una misma civilización (sin la UE, claro) y para eso están forzando un desplazamiento progresivo del centro político europeo hacia posiciones más nacionalistas, antiimigración, iliberales y euroescépticas. En estos momentos, más de 120 millones de europeos viven en países gobernados por partidos de extrema derecha.
La exigencia de elevar el gasto en defensa -el 5% del PIB planteado en la cumbre de La Haya de 2025- convive con una ambigüedad calculada sobre el compromiso automático del artículo 5 según qué país lo invoque. Una Alianza sin garantías incondicionales deja de ser un paraguas compartido para convertirse en un instrumento de negociación bilateral, donde Washington dicta condiciones y Europa las acepta por miedo a quedar desprotegida. EEUU plantea que Europa asuma la mayor parte de la defensa convencional, gaste mucho más y, al mismo tiempo, acepte que Washington determine de manera unilateral dónde considera que están sus intereses estratégicos. Por lo pronto Europa está obligada a aumentar enormemente su gasto militar generando serias controversias políticas y sociales. Además de serios desencuentros en asuntos como la consideración de genocidio a la masacre israelí en Gaza – Borrell acaba de declarar que los valores de Europa yacen enterrados entre las ruinas de Gaza- o la desavenencia entre Francia y Alemania que han roto su acuerdo para la construcción de un caza europeo.
No es moco de pavo la subordinación tecnológica de Europa a Estados Unidos. Las grandes redes sociales, buscadores, sistemas operativos y buena parte de la inteligencia artificial están dominados por empresas estadounidenses. En la nube, Amazon, Microsoft y Google ocupan posiciones centrales, mientras Europa depende también de proveedores extranjeros para determinados semiconductores, hardware avanzado y servicios digitales. Esta dependencia afecta directamente a la soberanía europea: datos, infraestructura digital, IA, algoritmos y plataformas condicionan cada vez más la economía, la información y hasta la democracia. Y está todo mayoritariamente controlado por EEUU y el tecnofascismo aliado de Trump.
Y como ya comenté en los artículos anteriores, aparece Marruecos y la frontera sur como pieza estratégica, como un instrumento más de cerco a Europa. Marruecos ha pasado a ser un socio privilegiado de EEUU e Israel, y esa condición le ha dado algo más valioso que el reconocimiento diplomático: impunidad de facto para utilizar la gestión de sus fronteras como instrumento de política exterior frente a España y la Unión Europea. Y sabe jugar muy bien esa “guerra híbrida”, de peligrosas consecuencias, aún dependiendo de Europa para sectores estratégicos de su economía.
El mecanismo es conocido: la frontera se abre o se cierra según convenga a Rabat, en función de negociaciones que nada tienen que ver con la política migratoria en sí misma, sino con el Sáhara, la ampliación de sus fronteras, los minerales, la energía, la defensa, la vigilancia y la inteligencia, la tecnología o el respaldo internacional que Marruecos necesita en cada momento. Lo que ha cambiado en el escenario actual es el contexto en el que ese instrumento se activa: un Marruecos reforzado por su integración creciente en la arquitectura de los Acuerdos de Abraham, con una relación cada vez más estrecha con Israel en seguridad y defensa, y con una Administración estadounidense que no cuestiona ese uso instrumental de la frontera, sino que refuerza a Rabat como socio estratégico frente a cualquier presión europea.
Washington está construyendo una relación privilegiada con Marruecos porque le es muy importante para controlar el Atlántico, el estrecho de Gibraltar y el acceso al Mediterráneo y, sobre todo, el Sáhara Occidental, además de afianzar una política de inteligencia, de la mano de Israel, a los pies del continente europeo.
Y es también un elemento de desestabilización calculado: ya empiezan a aparecer voces influyentes norteamericanas reconociendo las reivindicaciones marroquís sobre Ceuta y Melilla. Se trata de un paso más en una confrontación que está dividiendo a la sociedad española, fragilizando y fracturando al Gobierno de España y mostrando las debilidades de Europa y del Estado español.
En el momento que escribo este articulo, la situación en Ceuta se hace insostenible con entre diez y quince mil personas deambulando por sus calles: los ciudadanos se manifiestan cada día, se producen situaciones de violencia indeseables y el Gobierno español -que ha actuado tarde y mal- se sigue no solo mostrando incapaz de controlar la situación sino que se ha quedado absolutamente solo exculpando a Marruecos de lo sucedido e insistiendo en que es un socio fiable.
Todo esto nos obliga a preguntarnos si Europa puede tener una política exterior y de seguridad autónoma en el Mediterráneo occidental si depende simultáneamente de Marruecos para controlar su frontera mientras el país alauita se entrega en cuerpo y alma a Israel y EEUU y juega a la desestabilización. Porque el flanco sur no es solamente migración, es Gibraltar, Canarias, Ceuta y Melilla, Sáhara Occidental, rutas atlánticas, energía, pesca, seguridad marítima, terrorismo, minerales críticos y una creciente e inquietante presencia militar y tecnológica de Marruecos. Esa lógica estructural es la que conviene tener presente al analizar cualquier episodio de tensión fronteriza.
Es un enorme un error ignorar que el resultado agregado de las decisiones de Trump con respecto a Europa apuntan en la misma dirección: una Europa presionada económicamente, dependiente militarmente, fragmentada por dentro y expuesta por su flanco sur a una gestión migratoria convertida en instrumento de negociación, presión y chantaje. Repito: una Europa sometida a una guerra en “zona gris”, con una guerra híbrida en su frontera sur con Marruecos.
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser la parálisis ni la ingenuidad. Europa necesita una política exterior y de seguridad genuinamente autónoma, capaz de sostenerse sin depender de la voluntad cambiante de una Administración estadounidense, y blindar su unidad interna frente a quienes trabajan por fragmentarla desde dentro. Necesita entender que su frontera sur no es un problema periférico gestionable con partidas presupuestarias de emergencia, sino un espacio estratégico de primer orden donde se juega buena parte de su autonomía futura. Y es preciso, igualmente, una estrategia clara y contundente de defensa de la democracia y de los valores de la Ilustración que han definido al ahora anciano y débil continente europeo.
Desde este archipiélago atlántico tenemos que exigir que estas dinámicas se analicen sin complejos, sin miedo, con el rigor que exige la complejidad del momento y con la firmeza de quien sabe que Canarias no es un margen, sino uno de los puntos donde se decide el futuro de la relación entre Europa y su vecindario mediterráneo y atlántico. En otras palabras: Canarias necesita una Europa fuerte, no menos Europa, precisamente cuando la relación transatlántica y el equilibrio con Marruecos están cambiando y nos está amenazando.

