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Hay un instante, cada año, en que Gran Canaria se detiene para mirarse a sí misma. Ese instante llega con la romería-ofrenda a Nuestra Señora del Pino, cuando miles de personas llegan hasta Teror cargadas de frutos, de música y de fe, y la isla entera se reconoce en un mismo gesto. Es una auténtica manifestación de cohesión social, de identidad compartida, de orgullo tranquilo, de sentimiento de pertenencia y de solidaridad. Es, sobre todo, un acto de fe en el sentido más amplio de la palabra: fe en la tierra, fe en la comunidad, fe en que lo que nos une es más fuerte que lo que nos separa.
Después llega la fiesta principal, la que se centra en los actos religiosos. Y ahí, en esa doble cita -la romería y la celebracion-, se condensa nuestra manera de entender la isla: desde la unidad. Gran Canaria no se explica sin ese pino centenario que ha visto pasar generaciones, sequías, bonanzas y crisis, y que sigue en pie como recordatorio de que las raíces, cuando son profundas, resisten cualquier temporal. Cada mes de septiembre, cuando el olor a pan de leña, a gofio, chorizo y dulces se mezcla con el sonido de las parrandas y el rumor de miles de pasos sobre el mismo camino, comprendo por qué esta fiesta ha sobrevivido intacta a todas las transformaciones de la isla: porque no celebra un momento, celebra una manera de ser.
Y entonces, como cada año, todo empieza a girar de nuevo. Los niños y niñas regresan a las aulas, los hombres y las mujeres retoman sus trabajos, y con ellos arranca un nuevo curso político. Este que ahora comienza tiene, sin embargo, un peso distinto: es el último de este mandato. Y eso lo cambia todo, porque en las instituciones -en cualquiera de ellas- la gestión de estos meses se verá inevitablemente mediatizada por la batalla electoral que se avecina.
Lo digo con la tranquilidad de quien ha aprendido, con los años, una convicción que no ha dejado de confirmarse: lo que no se ha hecho, o no se ha sabido transmitir durante un mandato entero, no se puede vender de manera precipitada en los últimos meses. La política no admite atajos de última hora. Por eso me produce cierta perplejidad -y hasta ternura, si soy sincero- ver a tantos compañeros y compañeras de la vida pública volcados estos días en TikTok, en Instagram, en pódcast, etc, vendiendo contenido en lugar de ofrecer respuestas. La ciudadanía no necesita más relato; necesita hechos que se puedan tocar, medir y comprobar.
Y los hechos, en Gran Canaria, están ahí. La isla va bien. En 2025 cerramos con 376.895 personas ocupadas, un 2,3% más que el año anterior, y superamos por primera vez los 360.000 afiliados a la Seguridad Social, con un crecimiento interanual del 1,9%. El paro registrado cayó un 6,6%, hasta situarse en torno a las 63.000 personas y una tasa del 14,8%, mínimos históricos para la isla. Y 2026 confirma la tendencia: el primer trimestre fue el mejor de toda la serie histórica, con 381.390 personas ocupadas y una tasa de paro que ya baja al 14,5%. A ello se suma un turismo que no sostiene su éxito en el crecimiento, sino que aumenta gasto diario hasta 180,66 euros por persona y en una facturación total que alcanzó los 6.280,8 millones de euros. Son cifras frías, sí, pero detrás de cada una hay una familia que ha encontrado trabajo, un negocio que ha podido abrir, un futuro que se hace un poco más posible.
Los datos también nos dicen que se aprecia una evolución positiva de las condiciones sociales y económicas entre 2015 y 2026. Gran Canaria es hoy una sociedad algo más igualitaria y con mayores niveles de renta que hace una década, pero todavía persisten bolsas importantes de pobreza y vulnerabilidad. La renta media ha aumentado durante el periodo, mientras que se ha reducido la población situada por debajo del umbral de pobreza en un porcentaje que se sitúa en torno a un 7%. Al mismo tiempo, los indicadores de desigualdad muestran una mejora significativa: el índice de Gini pasó de 36,1 en 2015 a 31,6 en 2023, una reducción de 4,5 puntos, que refleja una distribución más equilibrada de la renta. También mejoró el indicador P80/P20, que mide la distancia entre el 20% de población con mayores ingresos y el 20% con menores ingresos: pasó de 3,1 a 2,4. En Gran Canaria, en 2023, la renta media por hogar fue de 37.010 euros, un 17,7 % más que en 2025.
Pero los números, por sí solos, no cuentan toda la historia. La cuenta también la cantidad importante de obra pública que se realiza en la isla. En estos momentos se ejecutan en Gran Canaria más de 2.000 millones de euros en obras e inversiones reales en proyectos estratégicos, la mayor inversión pública insular en toda la historia. Ahí están el nuevo Museo de Bellas Artes de Gran Canaria (MUBEA), que devolverá al viejo Hospital de San Martín su vocación de servir a la cultura, con una inversión que ronda los doce millones de euros, Salto de Chira, la obra que garantizará nuestra soberanía energética e hídrica, con una inversión fijada finalmente en 588,9 millones de euros; el nuevo INFECAR y la reordenación de su espacio (72 millones de euros), el Pabellón Insular de Deportes (18 millones de euros), los centros sociosanitarios(200 millones de euros -entre ellos la transformación del antiguo Hospital Psiquiátrico( 40,2 millones de euros), el Radiotelescopio de Temisas, que sitúa a Gran Canaria en el mapa de la ciencia mundial, y el nuevo Estadio de Gran Canaria, «La Nube» (233 millones de euros).
No son obras aisladas: son piezas de un mismo proyecto de isla, pensado a largo plazo, sin la urgencia del calendario electoral que a otros parece devorarles el discurso. Y ese proyecto no se detiene en la capital ni en los grandes titulares.
También se ejecutan obras importantísimas en los 21 municipios de Gran Canaria, financiadas por el Cabildo: piscinas, universidades populares, parques de bomberos, centros deportivos, bibliotecas, viviendas colaborativas, tanatorios, recintos feriales, casas de cultura, pabellones deportivos, etc. Solo el plan adicional de inversiones puesto en marcha con los remanentes de tesorería destinó 69 millones de euros a treinta y tres obras emblemáticas repartidas por toda la isla. Es la prueba de que el desarrollo, cuando es de verdad sostenible, no elige barrios ni pueblos: llega a todos y a todas.
En la última década, Gran Canaria ha experimentado una transformación económica que va más allá del crecimiento del PIB. En la economía insular han adquirido mayor relevancia nuevas actividades vinculadas a la diversificación productiva. La economía azul constituye probablemente uno de los ejemplos más significativos. Gran Canaria concentra alrededor del 54 % de la actividad azul de Canarias y su producción se ha estimado en 1.901 millones de euros, poniendo de manifiesto el potencial de los sectores marítimo-portuarios, la reparación naval, la pesca, los servicios offshore y las actividades vinculadas al océano.
También se observa una evolución positiva en la industria y la energía (+ 16%), en el sector primario (+3%%), en el audiovisua, que representa otro caso paradigmático: en 2024 generó más de 90 millones de euros de retorno económico, triplicando el año anterior, con 147 producciones y más de 3.600 empleos directos registrados.
Y aún queda lo que está por venir, lo que reclamamos con urgencia a un gobierno central que, con demasiada frecuencia, parece distraído respecto a los intereses de nuestra isla: el concurso para la implantación de la eólica marina, la participación del gobierno de la isla en la Plocan, la declaración definitiva del Parque Nacional de Guguy, la financiación del futuro tren que unirá Las Palmas de Gran Canaria con Maspalomas – ya reconocida como obra de interés público por el Estado-, el impulso a la ampliación del Salto de Chira con la presa de Las Niñas, la ayuda para la financiación del nuevo estadio y una concurrencia competitiva energética que sea, de verdad, efectiva. No pedimos privilegios. Pedimos que el Estado esté a la altura del esfuerzo que esta isla ya está haciendo por sí misma.
Iniciamos, pues, un curso distinto, condicionado por circunstancias diferentes a las de otros años, pero con un objetivo que no cambia: afianzar el modelo de ecoísla, seguir haciendo de Gran Canaria un espacio de referencia, un laboratorio de desarrollo estratégico ecosocial que avance en la diversificación económica sostenible, en las políticas de igualdad y en la cultura de los cuidados. No es un eslogan. Es la hoja de ruta que nos hemos dado a nosotros mismos como pueblo.
Y quiero terminar hablando de lo que de verdad importa: de lo que significa ser isla. Ser isla es vivir con el mar como frontera y como puente al mismo tiempo. Es conocer, en lo más hondo, la fragilidad de lo limitado y, a la vez, la fuerza de lo compartido. Necesitamos afianzar nuestra resiliencia frente al hecho insular, frente al aislamiento que a veces nos impone la geografía y, otras, la indiferencia ajena. Más en estos momentos de incertidumbres geoestratégicas. Y esa resiliencia solo se construye por un camino: el del diálogo, el del consenso, el del trabajo compartido entre instituciones, agentes sociales y ciudadanía. No hay otra ruta posible para un territorio como el nuestro. Gran Canaria ha demostrado, romería tras romería, curso tras curso, que cuando caminamos juntos, ninguna distancia -ni siquiera la del océano que nos rodea- es capaz de separarnos de nuestro destino común.

